miércoles, 28 de setiembre de 2011

El hilo, por lo más delgado


-¿Y usted porqué cree que pasa esto?- pregunta el periodista… El director responde: Yo le puedo contar qué pasó, pero por qué pasó, la verdad es que no sé… el silencio, convenientemente extendido, se hace interminable subayando el dramatismo. Parecen ser las reglas del juego… o del ritual (cómplice?).

El agredido es un docente, director de escuela y no sabe lo que pudo haber pasado. ¿Se puede llegar a director de una escuela y no saber eso, o es políticamente correcto simular que no se sabe? Como quiera que sea, la versión que va a quedar instalada por omisión es que se trata de un caso aislado. Que el pibe agresor es víctima emergente de una madre violenta, quizás un hogar sin padre, sin recursos, etc. Pero ese es otro tema. Se vapulearán un poco los detalles más escabrosos esquivando meticulosamente cualquier tipo de conclusiones y seguirá la fiesta.

Ignoro las particularidades del caso de Pergamino, pero se parece tanto al que me tocó vivir en el IPEM 344 de Villa Cura Brochero hace unos años, que me cuesta pensar que se trata de un caso aislado. En todo caso me resulta sorprendente que no sucedan estas cosas muchísimo más a menudo...

En aquella situación, una tarde se presentó una madre en la dirección del establecimiento y pidió hablar con una profesora que en ese momento estaba en clase. El auxiliar -inexperto- que la atendió, le preguntó si quería que la guiara hasta el aula... Y eso hizo. La señora abrió la puerta y sin mediar palabra alguna se abalanzó sobre la docente tomándola fuertemente del cuello hasta que la desmayó... ante la mirada atónita de los alumnos.

Después que se calmó la situación, disminuyeron los insultos y la profe agredida se recuperó, pudimos saber que se trataba de una represalia porque su hija, que cursaba de mañana, había llevado un aplazo en un examen y como resultado de eso, debería rendir la materia.

Pero la señora no estaba preocupada por la educación de su hija, sino por la economía familiar. No había ido a reclamar porque discrepaba con la corrección que había hecho la docente. Si su hija iba a rendir, esa familia perdía el subsidio que le daban entre el municipio y la provincia. Tan simple como eso.

Cualquier parecido es sólo una coincidencia. No vayan a pensar que me anima algún espíritu conspirativo. Por el mismo efecto de la casualidad, el suceso de Pergamino ocurre al cumplirse siete años de la masacre que produjo otro escindido en Carmen de Patagones. Otro caso aislado. Y ya se sabe: estamos a merced de estas cosas. No es culpa de nadie...Poco y nada se puede hacer.

Los medios se ocupan de remover la carroña para alimentar la abulia generalizada. El operativo de silenciamiento comienza cambiando el eje del problema. No importa que se pueda probar algo o que las afirmaciones que hoy se publican con fuerza de verdad, queden en aguas de borraja al cabo de unas horas. Miles de palabras sepultarán todo lo dicho y seguirá la fiesta.

La verdadera tragedia es que el pibe y la madre quedan remachados en el lugar de la culpa y toda la cadena de  responsabilidades anteriores queda convenientemente camuflada hasta que pueda desaparecer en la vorágine.

A ellos se los estigmatizará como victimarios, eludiendo prolijamente mencionar que viven acorralados por la miseria y la exclusión y por lo tanto son víctimas anteriores que nadie reconoce en particular (excepto cuando sirvieran como carne de cañón para alguna campaña).

Se les reclamará que se ajusten a las reglas del sistema de convivencia...  aunque nunca se los desagravie cuando esas mismas voces relacionan indiscriminadamente pobreza con inseguridad porque hace falta agitar algún fantasma para asegurar que nada cambie.

El ministro de educación saldrá a llenarse la boca con declaraciones grandilocuentes, pero nada dirá acerca de que él mismo es parte de un sistema político clientelista y perverso, que ha mantenido el mismo nivel de pobreza que en la década del 90 aún cuando el crecimiento de otros sectores (los bancos, las exportadoras, los grandes supermercados, las automotrices) en la última década, ha sido espectacular.

Algún fiscal pedirá el encarcelamiento urgente de los agresores, pero nada dirá acerca de que habla en nombre de la misma justicia que se tomó catorce años para absolver a todos los acusados por el contrabando de armas a Ecuador y Croacia, que diecisiete años después todavía no encontró a los responsables de los atentados a la Embajada de Israel y de la AMIA y lleva un par de décadas juzgando a los genocidas de la dictadura, mientras muchos se van muriendo de viejos, antes de ser alcanzados por esa ley que aquí pretende mostrarse diligente.

Las organizaciones sindicales, que dicen defender los derechos de los trabajadores y ni siquiera han conseguido acordar entre ellos para tener una única entidad gremial que pueda enfrentar con creatividad los problemas de la educación real de hoy, harán lo que saben hacer: paro, para que nada cambie.

El hilo se corta por lo más delgado. Los únicos culpables son los que no tienen instrumentos económicos ni herramientas emocionales para defenderse. Hoy y mañana todos los operadores de la imbecilización nos machacarán hasta el hartazgo con la cantinela demencial de la violencia marginal. Y pasado el chubasco volveremos a ser felices otra vez.

Fuente de la imagen: FlickrCC Bluemountains

domingo, 6 de junio de 2010

Pisa con cuidado

Si tuviese yo las telas bordadas del cielo,
recamadas con luz dorada y plateada,
las telas azules y las tenues y las oscuras
de la noche y la luz y la media luz,
extendería las telas bajo tus pies;
pero, siendo pobre, sólo tengo mis sueños;
he extendido mis sueños bajo tus pies;
pisa suavemente, pues pisas mis sueños.
William Butler Yeats



miércoles, 12 de mayo de 2010

Distancia lingüística y discriminación

Esta peli fue posteada en Facebook, desde YouTube. Dos de los mayores centros de direccionamiento de tráfico que existen hoy en la Web. El título ya invoca una mirada. El paso siguiente, tras mirar el video, es armar la sentencia: Es tonta porque no entiende la tecnología. Más allá de que las situaciones que se producen son desopilantes, es imposible no sentir cierta compasión por la desorientación de Maruja, a quien -seguramente- las tecnologías han de resultarle cosas incomprensibles.
También es probable que algún buen tecnofóbico termine cargando el problema de la impermeabilidad de Maruja a la complejidad de la tecnología. No hay tal cosa. La tecnología lo que hace aquí es amplificar la difusión del episodio. No es la responsable de que una persona no comprenda qué sucede cuando se encuentra en medio de un delay.
El sonido y la imagen viajan a velocidades diferentes. La luz a 300 mil km por segundo y el sonido a 333 metros por segundo. En la imagen televisiva, el sonido viene encriptado junto con la imagen para que llegue sincronizado (de otro modo sería imposible entender algo).Mirar la misma escena por dos medios diferentes (teléfono y televisión), agrega ruido al mensaje porque superpone esta diferencia en la recepción del mensaje. Si además desde el televisor se escucha el rebote del teléfono debido a los propios problemas de la transmisión, es comprensible que quien no está familiarizado con ese mundo no entienda lo que está pasando. Pero no entender no lo hace un tonto. Es simplemente alguien que no entiende. Maruja, por lo que parece es una persona mayor. Está claro que no tiene capacidades para metabolizar cuestiones tecnológicas, pero seguramente tiene otros saberes, porque ha vivido.
Habría que pensar aquí qué tipo de educación estamos haciendo que termina alentando este modo de discriminación entre quienes tienen facilidad para relacionarse con la tecnología y quienes no la tienen, como si el saber tecnológico tuviera un valor de privilegio por sobre los otros. No se trata de un tema menor si pensamos que el dispositivo donde se lo sube (ya enjuiciado), entre otras cosas puede distribuir en pocos minutos el incidente de Maruja a lo largo y a lo ancho del mundo, sin que ella preste consentimiento ni se entere.
Aquí tenemos un buen ejemplo de cómo funciona el Tercer Entorno (3E) del que habla Javier Echevería. La información fluye de un punto a otro. No importa si al llamar a un programa de televisión o postear algo en el Twitter lo pensamos o no. Tampoco importa si tuvimos la intención de que nuestro mensaje quedara en un ámbito acotado. La conectividad plantea reglas de juego salvajes: todo lo que se sube al flujo de información puede ser tomado y usado a juicio de quien lo toma. ¿El sistema educativo está pensando en eso?


lunes, 26 de abril de 2010

Tecnicidad con diversidad


Jesús Martín Barbero habla de tecnicidad, reivindicando la idea de la técnica que hace sistema con el entorno y cómo interactúa con la explosión de las diversidades.

Dejo dos citas aquí, tomadas de su intervención del 22 de abril de 2010 en la Universidad de Vic.

La relación entre dos ámbitos de transformación profunda de nuestras sociedades: de un lado la transformación tecnológica y de otro el estallido de las identidades. Para que esto no suene tan distinto, no por snobismo sino para ir acotando el sentido de las palabras, yo suelo utilizar la palabra Tecnicidad, para no hablar de técnica por todo el lastre instrumental que acarrea en occidente esta palabra, ni de tecnología, porque la expresión se movió en el mundo académico, muy atrapada por su relación con la ideología.

La palabra tecnicidad tiene su origen en la antropología francesa, anterior a Levi-Strauss. Las técnicas en las culturas que llamamos primitivas, siempre fueron sistemas. Nunca fueron un conjunto de herramientas y un conjunto de saberes, sino un sistema con las relaciones de parentesco, con los mitos, con los ritos y a esta técnica como sistema se la llamó tecnicidad. Me parece muy importante que la técnica hoy se parezca y suene fonéticamente como identidad, como sociabilidad. Hablo de la mutación de la tecnicidad y el estallido de la identidad.

Uno de mis maestros, Raymond Williams, de la escuela de Birmingham, a quien yo empecé a leer en los setenta, dijo en una de sus últimas obras: El pensamiento actual, acerca de las relaciones entre cultura y tecnología llega mayoritariamente a conclusiones desesperanzadas y se detiene. Los conservadores culturales dicen que la televisión por cable es la última ofrenda de la Caja de Pandora y la transmisión por satélite corolará la Torre de Babel. Al mismo tiempo, una nueva clase de intelectuales que dirigen los centros en que operan las nuevas tecnologías culturales e informáticas, hablan confiadamente de su poducto. Ninguna de esas posturas es un suelo firme. Lo que tenemos es una pésima combinación de determinismo tecnológico y pesimismo cultural. Así conforme una tras otra las viejas y elegantes instituciones se ven invadidas por los imperativos de una más dura economía capitalista, no resulta sorprendente que la única reacción sea la de un pesismismo perplejo y ultrajado porque no hay nada que la mayoría de esas instituciones nobles (incluida esta institución llamada Universidad), quieran ganar o defender más que el pasado, porque un futuro alternativo traería precisa y obviamente la pérdida final de sus privilegios.

lunes, 18 de enero de 2010

Imágenes del naufragio

Quiero empezar diciendo que me da trabajo escribir este post. Le resulta doloroso a mi ser de otra época pero lo hago en nombre del que soy ahora, comprendiendo que aquello no está más y habitamos una realidad distinta.

En nombre de aquel me gustaría no verme más en medio de una situación como la que me tocó vivir hace unas semanas atrás. En nombre de éste que soy ahora estuve ahí, quiero contar los hechos y dejar publicado mi análisis, porque no encuentro mejor manera de resistir.

A mediados de diciembre último respondí por mail una convocatoria local a voluntarios que quisieran pasarse un rato, leyendo cuentos para alguien, como parte de un plan de pomoción de la lectura. El tema tiene que ver conmigo, de modo que rápidamente me sentí involucrado. Fui recibiendo todas las instrucciones por mail: La dirección del encuentro (me tocó finalmente un hogar de menores madres), la confirmación de que me iban a estar esperando, el nombre de los otros voluntarios que estarían también allí, el día y la hora exactos. Me pidieron que eligiera el texto y lo comunicara previamente y yo pedí ser el que iniciara la rueda porque, espíritu docente al fin, quería, además de leer, intentar sembrar algo más, tratando de relacionar el hábito de la lectura con la libertad, con el crecimiento interior, con el ensanchamiento de la experiencia perceptiva.

Elegí llevar unos cuentos de El libro de los abrazos de Galeano que me sugirió la @p0nja, cuando pregunté por Twitter. Ensayé mentalmente lo que iba a decir y allá me fui. Diluviaba.

Cuando llegué, me presenté y dije que venía a leer. La persona que me recibió, apenas sonrió. Cerró la puerta detrás mío y me indicó una sala diciéndome: es acá, antes de desaparecer.
En el lugar había una mamá con sus cuatro pequeños y un matrimonio de voluntarios, que también habían llevado a sus niños.

No había menores madres, las pocas que vimos cruzaron una y otra vez la sala, avisando que se iban a dormir o buscando alguna respuesta. Después de un rato decidimos empezar a leer los cuentos que había, para los niños. Entonces llegó otro matrimonio de voluntarios.

Creo que todos hicimos nuestro mejor esfuerzo y el resultado fue que los pibes pasaron casi dos horas haciendo algo distinto ese sábado. Pero no fuimos a eso. Yo al menos, que estrenaba mi participación en el programa. Luego supe que los otros dos matrimonios eran personas vinculadas laboralmente a la empresa que organizó la jornada.

También supe que ninguna de las chicas había bajado a escuchar la lectura porque estaban castigadas (a raíz de algún conflicto interno) y, probablemente como represalia, eligieron irse a dormir a la hora del encuentro. El peor camino: me privo de algo, creyendo que con ese mecanismo puedo castigar al que me hace daño. Hay una gran oquedad ahí y sin embargo no es lo más preocupante. En todo caso, ese modo es el resultado de una subjetividad estragada por la marginalidad y la violencia. Ellas están allí porque son los eslabones más débiles de un cadena que se ocupa prolijamente de que siempre paguen los jóvenes. En este caso, jóvenes mujeres.

Son, a todas luces, las que más perdieron en esta experiencia, que curiosamente fue organizada para ellas. Sin embargo, no faltará a quien le desagrade este análisis. Esas pibas que faltaron a la cita con los que fuimos a compartir un pedazo de nuestro tiempo, son la viva imagen del naufragio: todo es consecuencia y hay poca verdad en el juego de sus vidas. Lo que hicieron, lo que no hicieron, lo que hacen o no hacen, es tan débil frente a la pinza del dispositivo que las mantiene en la marginalidad, que posiblemente hasta crean que se trata de un destino.

Todo está armado para que funcione de ese modo. El Estado (provincial, municipal) dice que en esa institución se ocupa de dar contención a madres jóvenes. En los hechos, aquel sábado, pareció funcionar como un depósito. Ningún profesional que tuviera la responsabilidad de cuidar la salud de las personas que se alojan allí, podría explicar porque se usan métodos carcelarios para resolver conflictos. Porqué no hubo un directivo para recibirnos. Porqué no hubo ceremonia. No porque fuéramos importantes, sino para hacerle un espacio al evento, para recortarlo, para investirlo de valor. O simplemente pensando en la posibilidad de mostrarnos que les importa mejorar la calidad de lo que le ofrecen a las pibas, y que saben hacer un uso inteligente de lo que tienen a mano.

En lugar de eso, sin la ceremonia más elemental del recibimiento, la presentación y la despedida, nos dejaron que hiciéramos lo que quisiéramos. Cuando llegó la hora de la merienda, el mensaje prácticamente fue: se tienen que ir porque hay que tomar la leche. ¿Qué idea tendrán en la institución de lo que es resocializar?

Para la empresa organizadora, la jugada es otra y produce los beneficios que busca. Ellos hacen una crónica brillante (es indiscutible que la organización formal funcionó perfectamente) que colgada en Internet, nos menciona, deja constancia de su agradecimiento por nuestra contribución, y muestra su Responsabilidad Social Empresaria, eludiendo prolijamente cualquier consideración sobre los efectos de poner alimento para los hambrientos en un recipiente desfondado. Queda esta discusión para hacerla en un foro específico.

Mientras tanto, las pibas, las mujeres tempranas del Hogar de Menores Madres de Rosario, emocionalmente no pudieron recibir nada de lo que se les ofrecía y fue armado para ellas.
Afuera el diluvio insistía. Adentro, el naufragio.

martes, 7 de abril de 2009

Los pobres y el oximoron


Vamos, vamos, cálmate, ya sabes que los pobres gritan, es una de sus características, una invariable histórica y geográfica, gritan desde siempre y en todo el mundo, y gritan más cuanto más rodeados están de pobres, los pobres, porque ellos también gritan, para hacerse oír, ¿comprendes? Los pobres tienen los tabiques finos. Y sueltan muchos tacos, es cierto, pero sin mala intención, tranquilízate, y cuanto más hacia el sur baja la pobreza, más sexuales son los tacos y más religiosos, o ambas cosas a la vez, pero naturalmente, por así decirlo, porque no te has cruzado en su camino para explicarles que eso está mal.

Mira, ya en mi infancia, los pobres de mi aldea decían «La puta Virgen!», no paraban de decir «¡La puta Virgen!», el «Porca madonna» de los pobres llegados del gran Sur italiano, y sin embargo nada le reprochaban a la puta del sábado por la noche ni a la Virgen María del domingo por la mañana, era un modo de hablar, cuando se daban un martillazo en los dedos, ¡eso es todo! Un martillazo en el índice y, hala, un pequeño oxímoron:«¡La puta Virgen!»... ¿Sabías que los pobres practican el oxímoron? ¡Pues sí! ¡Es algo en común entre nosotros, ya ves! Nosotros el bolígrafo, ellos el martillo, pero juntos el oximoron. Alentador, ¿no? A ti, que tanto temes que la oleada de su jerga barra todas las sutilezas de nuestra lengua, eso debería tranquilizarte.

¡Ah!, quería decirte también que no tengas miedo de su jerga. La jerga del pobre de hoy es el argot del pobre de ayer, ¡ni más ni menos! Los pobres hablan en argot desde siempre. ¿Sabes por qué? Para hacer creer al rico que tienen algo que ocultarle. No tienen nada que ocultar, claro está, son demasiado pobres, sólo unos pequeños trapicheos por aquí y por allá, naderías, pero quieren hacer creer que ocultan todo un mundo, un universo que nos está prohibido, y tan vasto que sería necesaria toda una lengua para expresarlo. Pero no hay mundo, claro está, y no hay lengua. Sólo un pequeño léxico de connivencia para mantenerse calentito, para camuflar la desesperación. No es una lengua el argot, apenas es un vocabulario, porque su gramática, la de los pobres, es la nuestra, aunque reducida al mínimo, es cierto: sujeto, verbo, complemento, pero la nuestra, la tuya, tranquilízate, tu gramática francesa, nuestra gramática; los pobres necesitan nuestra gramática para comprenderse entre sí.

Queda el vocabulario, claro está, el de esos jóvenes del enésimo círculo, un vocabulario que tú consideras de una pobreza insigne (y visto desde tu altura seguro que es así), pero tranquilízate también a ese respecto, el léxico de los pobres es tan pobre que la mayoría de las palabras se las lleva muy pronto el viento de la historia, briznas, briznas, muy poco pensamiento para lastrarlas... Casi ninguna se posa en las páginas del diccionario: «pava», «pasma», «polla», por ejemplo, para esos jóvenes de hoy; es todo lo que he encontrado, he buscado por encima, todo hay que decirlo, menos de un cuarto de hora, pero sólo he encontrado «pava», «pasma», «polla» en el diccionario, eso es todo, ya ves, no es gran cosa, tres palabritas muy comunes que desaparecerán una vez vuelta la página de la época; los diccionarios sólo garantizan una pizca de eternidad...

Una última palabra para tranquilizarte plenamente: ve a correos, abre la puerta de tu ayuntamiento, toma el metro, entra en un museo o en una oficina de la Seguridad Social, y ya verás, ya verás, sentados detrás de la ventanilla te recibirán la madre, el padre, el hermano o la hermana mayores de esos jóvenes de lenguaje deplorable. 0 haz como yo, ponte enfermo, despierta en el hospital y reconocerás el acento del joven enfermero que empuje tu camilla hacia la sala de operaciones:

-¡Tranqui, tío, que estos pavos controlan!



De Mal de Escuela / Daniel Pennac. Editorial Mondadori. Barcelona 2008. (Los subrayados son míos)

Fuente de la imagen: Editorial Mondadori

miércoles, 1 de abril de 2009

El absurdo como escudo




-¿Por qué dices que alcaldía es un verbo? -¡Porque termina en ía!
-¿Y cómo será el infinitivo?
-¿... ?
-¡Venga, vamos! ¿Cómo es el infinitivo? ¿Un verbo de la tercera conjugación? ¿El verbo alcaldir? ¿Yo alcaldío, tú alcaldías, él alcaldia?
La respuesta absurda se distingue de la errónea en que no procede de ningún intento de razonamiento. Suele ser automática, se limita a un acto reflejo. El alumno no comete un error, responde cualquier cosa a partir e un indicio cualquiera (aquí la terminación ía). No responde a la pregunta que se le hace, sino al hecho de que se la hagan. ¿Esperan de él una respuesta? Pues la da. Acertada, errónea, absurda, no importa. Por lo demás, en los comienzos de su vida escolar pensaba que la regla del juego consistía en responder por responder, brincaba de su silla levantando el dedo y vibrante de impaciencia: «Yo, yo, señorita, ¡lo sé! ¡Lo sé!» (¡existo!, ¡existo!) y respondía cualquier cosa. Pero nos adaptamos muy pronto. Sabemos que el profesor espera de nosotros una respuesta acertada. Y resulta que no la tenemos en el almacén. Ni siquiera una errónea. No tenemos ni idea de lo que hay que responder. Apenas si hemos comprendido la pregunta que nos hacen. ¿Puedo confesárselo a mi profe? ¿Puedo decidirme por el silencio? No. Mejor será responder cualquier cosa. Con ingenuidad, si es posible. ¿No he acertado, señor? Crea que lo lamento. Lo he intentado y he fallado, eso es todo, póngame un cero y sigamos siendo amigos. La respuesta absurda constituye la diplomática confesión de una ignorancia que, a pesar de todo, intenta mantener un vínculo. Naturalmente, puede expresar también un acto de rebelión tipificado: me toca las narices, este profe, poniéndome entre la espada y la pared. ¿Acaso yo le hago preguntas?

En todos los casos posibles, evaluar esta respuesta -corrigiendo un examen escrito, por ejemplo- es acceder a evaluar cualquier cosa y por consiguiente cometer uno mismo un acto pedagógicamente absurdo. Aquí alumno y profesor manifiestan más o menos conscientemente el mismo deseo: la eliminación simbólica del otro. Al responder cualquier cosa a a pregunta que mi profesor me hace, dejo de considerarle como un profesor, se convierte en un adulto al que cortejo o al que elimino por medio del absurdo. Al aceptar tomar por erróneas las respuestas absurdas de mi alumno, dejo de considerarle un alumno, se convierte en un sujeto fuera de contexto al que relego al limbo del cero perpetuo. Pero al hacerlo, me anulo a mí mismo como profesor; mi función pedagógica cesa ante esa chica o ese chico que, a mi modo de ver, se niegan a desempeñar su papel de alumno. Cuando tenga que rellenar su boletín escolar, siempre podré alegar que les falta base. ¿No carece por completo de base un alumno que confunde el sustantivo «alcaldía» con un verbo de la tercera conjugación? Sin duda. Pero un profesor que finge considerar como errónea una respuesta tan manifiestamente absurda, ¿no haría mejor dedicándose también a un juego de azar? Al menos sólo perdería su dinero, y no se jugaría la escolaridad de sus alumnos.

Porque al zoquete el limbo del cero ya le está bien (o eso cree). Es una fortaleza de la que nadie podrá desalojarle. La refuerza acumulando absurdos, la decora con explicaciones que varían según su edad, su humor, su medio y su temperamento: «Soy demasiado tonto», «Nunca lo conseguiré», «El profe no puede ni verme», «Le odio», «Me comen el tarro», etcétera; desplaza la cuestión de la instrucción al terreno de las relaciones personales donde todo se convierte en cosa de susceptibilidades. Algo que también hace el profesor, convencido de que el alumno lo hace adrede. Pues lo que impide al profesor considerar la respuesta absurda un efecto devastador del pensamiento mágico es, muy a menudo, la sensación de que el alumno le está tomando el pelo a conciencia. Entonces el maestro se encierra en su lo particular: «Con este no lo conseguiré nunca».

Ningún profesor está exento de este tipo de fracaso. Guardo de ello profundas cicatrices. Son mis fantasmas familiares, los rostros flotantes de aquellos alumnos a quienes no supe extraer de su lo, y que me encerraron en el mío:
-Esta vez, realmente, no puedo conseguirlo.

De Mal de Escuela / Daniel Pennac. Editorial Mondadori. Barcelona 2008. (Los subrayados son míos)

Fuente de la imagen FlickrCC