sábado, 3 de octubre de 2020

El lugar que se pierde

 

 
Después de siete años, volví a ver la primera temporada de En Terapia, esta gran serie dramática que en su país de origen se llamó In treatment. Siempre las dramatizaciones de los conflictos que arman las relaciones humanas, los modos como se despliegan y se resuelven, tienen para mí un enorme interés. En los pliegues del cómo se cuenta, es posible ver cómo se subraya o se deja entrever lo del dolor o lo del amor que no puede ser puesto en escena. Esta vez me di cuenta que, además de mirar eso, podía pensar otras cosas. 
  
El mecanismo de trabajo que se despliega en el relato de la serie, la forma como analista y analizante se relacionan, sigue el modelo de la psicoterapia norteamericana, es decir, del sentido común. Los problemas que atraviesan a los diferentes personajes, son conflictos del Yo. Ocurren en esa instancia y pueden corregirse cambiando algunas cosas en ese plano. Se trata siempre de hacer algo o dejar de hacer algo. Eso nada tiene que ver con el Psicoanálisis, empezando por subrayar que a lo largo de las historias, está borrada la incidencia determinante que el inconsciente tiene en la afectación de las situaciones que se despliegan. 
 
Si bien es cierto que en ningún momento se dice que se trate de psicoanálisis, tampoco se dice que no lo sea. Este es el segundo aspecto que quiero puntualizar. Esa estrategia de dejar que la gente crea, de mantener la prescindencia a rajatabla donde hay divisoria de aguas, forma parte de la política de la confusión, que conocemos aplicada a muchos campos. En el terreno que nos ocupa, intenta neutralizar el efecto irritante que el psicoanálisis tiene para el modelo cultural que se irradia desde los medios masivos. Promover el encuentro deseante con el otro y con lo propio, no se parece en nada a satisfacerse apelando al consumo, sea este de sustancias, de personas o de objetos. 
 
Dicho esto, quiero detenerme en un punto de conflicto que ocurre en la cima de uno de esos relatos. La situación muestra cómo opera el amor de transferencia, del lado del analizante y cómo responde (o debería hacerlo) el analista, con su deseo de que la palabra se despliegue y ocupe el espacio. Veremos que — según cómo se resuelva esta tensión— podrá sostenerse o no el lugar del analista y ser conquistada la posibilidad de que el hecho analítico finalmente ocurra. 
 
Dentro del reel de la primera temporada, una de las historias que se cuentan en la serie, trajina lo que le ocurre a Guillermo (el analista, en la piel de Diego Peretti), cuando Marina (analizante y médica, que interpreta Julieta Cardinalli) le declara abiertamente su amor. Desaforadamente, podría decirse.
 
Probablemente uno de los lugares más difíciles de transitar para el analista, sea el de sostener la transferencia. Esa cruz, como la llamó Freud, en un sentido puede leerse como el amor del analizante. Un amor que a todas luces, no tiene destino. No puede tenerlo. Le toca sostener lo que abre, sin involucrarse, sin olvidar que el único sujeto de la sesión es el analizante y que la función del analista es apuntalar ese espacio para que el dispositivo opere. Podrá decirse que funcionó cuando, al final de un recorrido, el analista termine puesto afuera de eso que estuvo circulando allí adentro.
 
Germán García ironizaba sobre esta cuestión, diciendo que no había problemas en que analista y analizante terminaran en la cama. Sólo que ya no habría más posibilidad de análisis allí. 
 
Un desliz, en este punto, puede empujar a la debacle. Y no necesariamente tiene que ser consecuencia de la puja narcisística, ante el propio deseo. Uno podría preguntarse ¿Tiene derecho el analista a dejarse llevar cuando la analizante (en este caso) le dice desembozadamente su amor? Lo pulsional —sabemos— no sigue la regla del derecho. Entonces, ¿es amor lo que desencadena semejante declaración? Y si lo es, ¿de qué tipo de amor se trata? Seguramente no tendremos una respuesta única, porque dependerá del deseo de analizar del analista y de cómo lea él mismo lo que está pasando.
 
Hay que pensar que también para el analista se ponen en marcha fuerzas poderosas que empujan hacia la satisfacción del deseo. Ser sujeto de la pulsión (en el sentido de ser sujeto sujetado, es decir: tomado como objeto, como lo pensaba Althusser), no funciona solamente para el analizante. Por eso la técnica, que sirve muchas veces para navegar en aguas turbulentas, algunas veces puede ayudar a que no se pierda el rumbo. O el lugar, en este caso. 
 
Aunque Marina carga con toda la artillería que tiene, en algún momento de la historia, Guillermo le explica que él no puede responder como ella espera, porque eso sería transgredir los límites éticos que dan marco al análisis. ¿Qué está diciendo? Que no se puede pecar, pero que el pecado existe. Eso es lo que no enuncia, pero pareciera estar implícito. El recitado monocorde de la regla pretende sostener la prescindencia, después de la embestida amorosa. Pero la pulseada está perdida de antemano. El semblante de Guillermo está perforado. Se le nota claramente que trastabilla. 
 
En este punto es donde aferrarse a la técnica podría ayudar: Si en lugar de la explicación (que siempre deja una puerta abierta para que del otro lado se construya la promesa), la devolución viniera por la vía del extrañamiento, la arremetida quedaría desorientada. 
 
 — Estoy enamorada de vos ¿no te diste cuenta? 
— ¿Y?
 
Una respuesta desde el extrañamiento podrá ayudar a indicar a la analizante, devenida amante, que no es ahí donde tiene que poner la libido. La respuesta no está diciendo: yo soy el analista, eso no se puede. Está haciendo: yo soy el analista, no el objeto
 
La delgada línea que separa uno y otro escenario es donde se juega el gran desafío: que la ocurrencia de los hechos no se vaya por el peor camino y que el lugar del analista pueda ser conquistado. En lo que muestra el episodio: Este analista queda en el peor lugar, y en el mismo momento que acepta darle un destino a lo que no lo tiene por definición, la histeria muda a la demandante a otro lugar que no es ese, donde Guillermo, y no el terapeuta, en algún momento, pensó que la encontraría. 
 
Daniel Krichman H. es miembro del CAP Rosario desde 2015. 
 
Puede verse el episodio de En Terapia en https://youtu.be/4eW8cC5TbSM

domingo, 16 de febrero de 2020

El deseo sexual, si es recíproco...

El deseo sexual, si es recíproco, origina un complot de dos personas que hacen frente al resto de complots que hay en el mundo. Es una conspiración de dos.
El plan establecido es ofrecer al otro un respiro ante el dolor del mundo. No la felicidad sino un descanso físico ante la enorme responsabilidad de los cuerpos hacia el dolor.
En todo deseo hay tanta compasión como apetito. Sea cual sea la proporción, las dos cosas se ensartan juntas. El deseo es inconcebible sin una herida.
Si hubiera alguien sin heridas en este mundo, viviría sin deseo.
El cuerpo humano realiza proezas, posee gracia, picardía, dignidad y otras muchas capacidades, pero también resulta intrínsecamente trágico como no lo es ningún cuerpo de animal (ningún animal está desnudo). El deseo anhela proteger al cuerpo amado de la tragedia que encarna y, lo que es más, se cree capaz.
La conspiración consiste en crear juntos un espacio, un lugar de excención, necesariamente temporal, de la herida incurable de la que es depositaria la carne. Ese lugar es el interior del otro cuerpo. La conspiración consiste en deslizarse al interior del otro, allí donde no se les pueda encontrar. El deseo es un intercambio de escondites (hablar de "volver al útero" es una vulgar simplificación).
Tocar una pierna con mano de amante. Que sea para excitar o para relajar no supone diferencia alguna. El tacto aspira a alcanzar, más allá del fémur, la tibia o el peroné, el propio corazón de la pierna, y el amante al completo espera acompañar ese gesto y habitar en él. La pierna de Giacometti, la de la piscina de Eastbourne, tiene que ver (entre otras cosas) con el deseo.
No hay altruísmo en el deseo. Al proncipio están implicados dos cuerpos y la excención, siempre y cuando se logre, les protege a ambos. La excención es inevitablemente breve y, sin embargo, lo promete todo. La excención suprime la brevedad y con ella las penas asociadas a la angustia de lo efímero.
Ante la mirada de una tercera persona, el deseo es un breve paréntesis. Desde dentro, una inmanencia y una entrada en la plenitud. Normalmente la plenitud se considera una acumulación. El deseo revela que es un despojamiento: la plenitud de un silencio, de la oscuridad.


John Berger de Esa belleza

miércoles, 25 de diciembre de 2019

La Gracia del Margen

Celebración del 75º cumpleaños de Germán García, en la puerta y el interior del la librería El Juguete Rabioso Libros, de Rosario


sábado, 21 de diciembre de 2019

Imposible de perder


Del libro Para Otra Cosa - Germán García, en el Aniversario 75 de su nacimiento.

Cita de Página 11. Primer párrafo.

La palabra “prisioneros” altera la descripción de la redacción, introduce de manera alusiva otra dimensión en la que Junior, el recién llegado, parece moverse con soltura: “A los dos meses era el hombre de confianza del director y estaba a cargo de las investigaciones especiales. Cuando se quisieron acordar, él solo controlaba todas las noticias de la máquina”. Incluso Junior se anticipa a los hechos que publica, por eso “pensaron que trabajaba para la policía”. Junior y su padre parecen repetir una historia con mujeres e hijas ausentes, que serán sustituidas por voces  (objetos imposibles de perder, dice Freud, cuando habla de melancolía).

Imposible de perder





El Germán que yo conocí hace muchos años era un señor lejano. Lo crucé algunas veces pero nunca hablamos. La primera, en su institución presentando a Jacques-Alain Miller, cuando todavía venía a la Argentina. Para entonces yo tenía una relación mundana con el psicoanálisis y Germán era un señor tan lejano como es lejano uno de si mismo antes de la aventura porfiada del análisis.

Sin que yo lo imaginara todavía, ese señor de las lejanías, hablaba en las voces de Ángel Fernández cuando —treinta y cuatro años después— me encontré un día con él en Rosario.

Pero fue en 2018, cuando algo torció el camino definitivamente. Para entonces había yo iniciado la carrera de Psicología en la UNR y asistía por tercer año al Curso Anual de Psicoanálisis. Germán, a través de Ángel, o con la voz de Ángel, —vaya uno a saber cómo se ensamblaron —  me presentaron a Masotta. Oscar Masotta, era también un señor lejano para mí. Hasta que apareció Ana Longoni en Buenos Aires con la monumental exposición La teoría como Acción.

Recorrí aquella muestra con la fruición de un sediento en el desierto. Enterándome con sorpresa de otro que yo había sido. Que empezaba a despertar a la cultura del happening cuando Masotta transitaba sus últimos años en la Argentina. Leyendo aquel recorrido que proponía Longoni, supuse que Masotta no podría haber tenido otro destino que no fuera abrazar al psicoanálisis.

Y que aquella ola invisible y extraña, también podía estar arrastrándome a mí.

Este otro señor de la lejanía, se volvió próximo de repente. Le bastó una tarde para reconectar parte de esa vida que yo había extraviado. Hizo que aquello  reapareciera en un paisaje con desapariciones que también cinceló mi vida.  Y llegó de la mano de Ana, de Ángel, de Germán García.

Entonces, aquella ola trajo para mí un nuevo modo de estar en el Curso Anual, junto a toda esta banda de gente tan extraña y tan próxima a la vez. Y me acercó también a los parceros cordobeses: Yael Noris Ferri, César Mazza, Favio Lorenzin…

Germán García, ese Germán que yo digo como un señor lejano, puso a su voz un tañido de otras voces que yo pude escuchar y me trajeron hasta acá. Ese Germán que yo digo, esas voces que me abrazan, como dice que decía Freud: serán siempre, para mí, muy difíciles de perder.

diciembre 19/2019 © Daniel Krichman

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Tecnología: ¿Se puede aprender solo o hace falta un mediador?

Ángel Fernández, un psicoanalista preocupado por intercambiar saberes con otros campos disciplinares, cuenta su experiencia de recién llegado al mundo de las prácticas tecnológicas.

Publicado originalmente en consultora.netabras.com.ar

martes, 23 de julio de 2019

Influencer

La figura del Influencer, en las redes sociales, es una de las que más dificultades presenta a la hora de intentar precisar su función. No se trata de un simple manipulador de influencias. Tampoco es alguien que vende ni promueve cosas. Necesita, primero, ser creíble en una materia o tema de su dominio. Y a partir de allí puede ser alguien influyente como prescriptor para eso, acerca de lo cual tiene un saber.

Las empresas se sirven de tal condición y se muestran dispuestas a pagar para que esa persona haga alguna cosa o se muestre condescendiente con lo que a ellos les interesa vender. Nunca se pide una recomendación directa. Lo esperable es que eso que se prescribe aparezca como formando parte del Ser o de los hábitos de quien lo dice o hace.

Que todo eso ocurra mediado por imágenes, agrega potencia a la intervención, posiblemente por la  sobrevaloración que normalmente hacemos de aquello que se nos presenta con este formato. Las imágenes representan apelaciones a nuestros lazos primordiales con el mundo exterior. Percibimos imágenes mucho antes de tener disponibilizada la palabra. Después va a ser necesario que les pongamos palabras adentro, para que las podamos ver como imágenes, pero este es otro tema.

A menudo circulan en la Web —  océano de contradicciones y  malentendidos — comparaciones capciosas, siempre destituyentes, que critican lo digital desde la vereda de lo analógico, diciendo por ejemplo: Un influencer es una maestra que consigue, al final del año que veinte de los treinta chicos que tiene, se conviertan a la lectura. Error. Ese podría computarse como un logro del empeño docente, pero tiene poco que ver con la función de un influencer. Burdamente ejemplificado, sería equivalente a desmerecer el agua pensando que es hielo sin consistencia sólida.

El Influencer es un espécimen de la fauna virtual y no es convertible al código analógico, entre otras cosas, porque en el plano analógico, el cuerpo, funciona de otra manera.

Nos falta pensar desde dónde y cómo se sostiene su credibilidad. O dicho de otra manera ¿que fantasía/demanda colectiva satisface, para que muchos residentes virtuales sientan allí expresada su propia voz?

En Psicología de las Masas y análisis del Yo (1921), Freud explica que en la masa se produce un fenómeno de identificación con el líder por vía de la infección psíquica, en donde la identificación prescinde por completo de la relación de objeto con la persona copiada. Un querer o poder ponerse en la misma situación. Hay, dice, una importante comunidad afectiva y esa comunidad reside en el modo de la ligazón con el conductor. Es un modo de ligazón que prescinde de la relación de objeto. No lo ama libidinalmente, sino que quiere estar en ese lugar. Esa es la diferencia. Más adelante va a comparar la hipnosis con un fenómeno de masas de a dos.

Desde la perspectiva del deseo, el que se identifica a otro, desea el deseo del otro. Quiere lo que el otro dice que quiere.

Hasta aquí, tenemos pistas acerca de cómo se arma el sistema de relaciones y ligaduras conductor/conducido, influenciador/influenciado y sabemos además que ocurre como parte del propio funcionamiento de la subjetividad. Abunda decir que no es una consecuencia de la masificación de la digitalidad, ya que es anterior a la existencia de las redes sociales. En todo caso podría anotarse que las redes sociales operan sobre el funcionamiento efectivo de este lazo.

Queda por indagar respecto a la fertilidad o no del territorio de la virtualidad, para que proliferen los que hoy se llaman Influencers.

En la red se pone la voz y la palabra, a través de la escritura o de los registros fónicos, como en el plano analógico, pero el cuerpo se pone de otra manera. No es que no haya cuerpo en la virtualidad. Lo hay, pero lo que no hay son consecuencias sobre el cuerpo. Se habita el espacio virtual sabiendo que supone cierta garantía de impunidad al respecto. Que allí el cuerpo no paga. Aquello de lo que digo con el pico lo sostengo con el cuero, no tiene posibilidades de ser actualizado en la Web.

Si cruzamos esto con la proliferación de la insignificancia (el nada importa, nada significa nada), modelo de subjetividad que inunda cada vez más los espacios virtuales; este vacío de consecuencias abre la posibilidad para el disparate liso y llano con la consiguiente naturalización de lo que se haga, que habrá de aparecer ante nosotros con la etiqueta producción de contenido.
Su nombre en Instagram es Belle Delphine, es británica y tiene 19 años. Una reconocida Influencer de Instagram. Pertenece a la franja de los productores de contenidos que trajinan las redes sociales. En su caso tiene más de 4 millones de seguidores. Sus creaciones incluyen, por ejemplo, vender el agua en la que se baña. Por supuesto, ella aclaró que se trataba de «agua no potable, sino para fines sentimentales».
Producción de contenidos es una expresión vaga, sobre todo en relación a lo que cada uno pueda ver en los medios. Más allá de las discrepancias que se encuentren, está claro que no es posible producir contenidos al margen de una ideología y por lo tanto de unos anclajes morales. Se está en alguna vereda, no parado sobre la nada, aun cuando no se declare esa ideología o se la disimule.

Un abra Patricia

En medio de esa idiocia social extendida, que pareciera socavar y contaminar todo, en las redes sociales hay burbujas de oxígeno que conviene tener ubicadas.

Un abra, en el bosque, es un espacio sin vegetación, que permite ver el cielo. En las sierras es la apertura entre dos laderas, desde donde puede verse una pampa. Es la versión criolla del oasis. En los dos casos significa la posibilidad de tener frente a si algo distinto a lo que hay donde se está parado. En algún sentido, algo opuesto.

A veces me pregunto para quien escribimos en este sitio. O mejor expresado: ¿para quién escribe cada cual en este sitio? Sé que mi muro es un yotivenco enorme con un patio concurrido donde muchas veces mi posteo sirve sólo de base del intercambio entre muchxs, que a veces me excede y otras ni siquiera me necesita.
Creo que casi siempre puedo anticipar a quienes me dirijo.
Intuyo, conozco, me fijo.

Patricia Calo Lustres no tiene la etiqueta de Influencer, probablemente no le preocupe tenerla, pero técnicamente actúa en Facebook, como tal.

— Uso facebook desde el año 2009. No fue un descubrimiento, sino un registro creciente de que en mi muro había una dinámica singular de vinculación conmigo, y entre muchas personas que me leían a diario.

— No sé si podría decir con claridad la sucesión cronológica de hechos que permitan visibilizar el proceso. Al inicio compartía poesía, soy una voraz lectora de la misma, con el agregado de fotos muy particulares cuya búsqueda me llevaba mucho tiempo.
De a poco fueron apareciendo mis opiniones políticas, sobre feminismo luego, y más recientemente crónicas de la vida cotidiana y algunos textos que escribo. Creo que fue en este último tramo donde mi imagen se hizo más  cercana y comenzó una forma de interacción más amigable.

 — Actualmente un promedio de 2 horas diarias. Antes le dedicaba más, pero es tanto el movimiento en mi propio muro que me dedico con exclusividad casi absoluta a responder los comentarios que hay allí. Me resulta prácticamente imposible visitar muchos muros ajenos, excepto algunos que me interesan muy puntualmente.

Habitualmente dedico un rato más largo por las mañanas, antes de irme a trabajar, y por la noche otro rato, al volver a casa del trabajo. En medio de esos segmentos más largos, hago visitas fugaces.

Así como un Influencer mide —registrando estadísticas— las devoluciones que recibe, a los efectos de mantener el rumbo de su actividad, Patricia se pregunta por el decir de los otros a través de los comentarios, porque, — aunque declaradamente fuera del contexto clínico —, está ubicada en el lugar de ser causa de los comentarios que recibe.
No estoy hablando de los contenidos esta vez, hablo del auditorio. Me causa mucha intriga cuando leo textos tan puntuales, personales o de información de la que sea, y me pregunto: "¿a quién se dirige? ¿qué piensa quien escribe tal o cual cosa que va a causar y en quienes?"
Siempre hay un resto enigmàtico acerca de lo que puede causar un posteo, un efecto imposible de calcular de antemano. Aún así suelo preguntarme muchas veces por este sitio: "¿a quién le habla?"
Me resulta inquietante imaginar hasta quienes puede llegar lo que escribo, y me pregunto si sólo me pasa a mí cuando leo cosas tremendamente íntimas, eso de andar pensando a quien creen que le escriben. O cuando leo información muy puntual también.
¿Pensaron a quiénes se dirigen o ni lo piensan?
No sé, es un nudo que tengo en el marulo.

La pregunta difícil de responder es ¿de qué sabe tanto como para que mucha gente, a diario, replique sus publicaciones o las comente?, o para decirlo en otros términos, que la gente sienta —identificación mediante— que en ese muro puede expresarse, puede decir lo que piensa. Puede ser alojada.

Está claro que no hay una respuesta unívoca para esta pregunta. En todo caso importa señalar algunas continuidades que operan en este espacio de identificaciones.

En este muro se puede hablar. Hay alguien que escucha, y a menudo responde con algo más que emoticones o monosílabos. En este muro hay otros que dicen cosas que yo diría o podría haber dicho.

¿En qué otro espacio es posible hablar y percibir que uno puede hacerlo sin ponerse en peligro? ¿No es esta una de las peculiaridades del espacio analítico? Sin que esto signifique establecer una comparación (odiosa), y recordando siempre que estamos fuera de la clínica, es indudable que el efecto confianza que ofrece el influencer en lo suyo, tiene una buena equivalencia aquí.
    
— Siempre me cuidé mucho de no estar en función analista en la red. Mucho. A veces me resulta inevitable apelar a algunos conocimientos que tengo del psicoanálisis, pero en la red intento, no sin algunos fallidos, que sea mi yo quien interactúe. Tal vez interprete algunas dinámicas de lo que allí ocurre desde mi campo de saber, pero me lo reservo. Intento que la analista no se cuele.

Finalmente ¿qué prescribe Patricia, que forma parte de su Ser imaginario?

— Yo encuentro un intercambio muy enriquecedor con mis contactos. Aprendí muchísimas cosas sobre montones de campos de saber que ni intuía que existían. Por ejemplo: En mi muro comentan personas que vienen del juego político, muchas feministas, artistas, científicos. Hasta hay un visitante asiduo que es experto en cálculo neutrónico: campo de saber cuya existencia ignoraba.

— Creo que por sobre todas las cosas: hallan a otros. Tengo una particular habilidad para conectar gente, y en mi muro casi siempre hay alguien escribiendo, aún de madrugada. Eso promueve ese intercambio singular entre ellos, se sienten leídos por alguien siempre. Es ese "siempre hay alguien" lo que mejor define mi muro en Facebook.

Nada que sea mercadeable. Nada que se pueda conseguir acá o allá.  Y mucho que remita al fortalecimiento del lazo social puesto en función de restituir prácticas ciudadanas. Donde sea posible disentir sin sentir que se está en peligro.

— Es, y ha sido siempre, un tema difícil. Ahora es un poco más claro: saben de mí y no hace falta que diga explícitamente donde están las vallas. Se autorregulan entre todos. Los límites siempre han sido parecidos: no tolero agresiones hacia mí ni hacia otro contacto. No admito comentarios misóginos, fascistas, nazis o que ataquen al colectivo LGTB. Tampoco tolero ataques personales relacionados al aspecto de nadie.

— Si, incluí en mi vida a mucha gente que conocí a través de la red. A mucha. A otros que conocí personalmente no forman parte de mi vida real, pero siempre fueron gratísimas experiencias. Eso en lo personal.
También participé mucho de actividades, eventos, etc. de algunos contactos. De hecho ahora estoy armando un taller presencial con temática feminista, con mujeres que son contactos.

Las redes sociales, pueden ser espacios asfixiantes si uno se sube a ellas sin una brújula en la mano y algunas cosas claras respecto a lo que quiere, lo que merece y lo que espera de la relación con los otros. Como en muchos aspectos de la Vida, hay ahí un espacio para configurar, cosa que no siempre resulta fácil de hacer. Pero es tarea de cada quien acometerlo. Es necesario enredarse.

viernes, 5 de julio de 2019

Frontalidad en el modelo de aprendizaje

Se refiere a pensar la Web 2.0 como un modelo de facilitación del aprendizaje.




Más información: vínculo a la entrada original

martes, 25 de junio de 2019

Distancias - Nueva etapa

Hace doce años, el texto lateral que presentaba este espacio decía:

Distancias

Mientras la tecnología, con la Web 2.0 a la cabeza discurre acerca de la integración de lenguajes, componentes y herramientas, la educación real, empujada por los valores que sostiene el capitalismo real, se debate en su caída (irremediable, al menos en el formato que le conocemos) en términos de distancias. Distancia respecto al mundo y las problemáticas que describen los textos con que se educa y que poco y nada tienen que ver con el que viven los actores (docentes y educandos). Distancia lingüística y cultural que proviene de la diferencia entre prácticas y consumos a los que la mayor parte de los actores (docentes y educandos) no acceden. Distancias tecnológicas, que no se derivan tanto de la incapacidad de consumo como de los condicionamientos que generan las anteriores privaciones. Por aquí van mis preocupaciones.


Doce años en el Siglo XXI es mucho tiempo como para suponer que se ha tratado solamente de una pausa. A partir de esta nueva época espero poder mirar esas y otras distancias, con las herramientas del psicoanálisis. Y lo más importante, espero que podamos conversar y encontrarnos en este espacio, tanto como sea posible.

domingo, 6 de junio de 2010

Pisa con cuidado

Si tuviese yo las telas bordadas del cielo,
recamadas con luz dorada y plateada,
las telas azules y las tenues y las oscuras
de la noche y la luz y la media luz,
extendería las telas bajo tus pies;
pero, siendo pobre, sólo tengo mis sueños;
he extendido mis sueños bajo tus pies;
pisa suavemente, pues pisas mis sueños.
William Butler Yeats



miércoles, 12 de mayo de 2010

Distancia lingüística y discriminación

Esta peli fue posteada en Facebook, desde YouTube. Dos de los mayores centros de direccionamiento de tráfico que existen hoy en la Web. El título ya invoca una mirada. El paso siguiente, tras mirar el video, es armar la sentencia: Es tonta porque no entiende la tecnología. Más allá de que las situaciones que se producen son desopilantes, es imposible no sentir cierta compasión por la desorientación de Maruja, a quien -seguramente- las tecnologías han de resultarle cosas incomprensibles.
También es probable que algún buen tecnofóbico termine cargando el problema de la impermeabilidad de Maruja a la complejidad de la tecnología. No hay tal cosa. La tecnología lo que hace aquí es amplificar la difusión del episodio. No es la responsable de que una persona no comprenda qué sucede cuando se encuentra en medio de un delay.
El sonido y la imagen viajan a velocidades diferentes. La luz a 300 mil km por segundo y el sonido a 333 metros por segundo. En la imagen televisiva, el sonido viene encriptado junto con la imagen para que llegue sincronizado (de otro modo sería imposible entender algo).Mirar la misma escena por dos medios diferentes (teléfono y televisión), agrega ruido al mensaje porque superpone esta diferencia en la recepción del mensaje. Si además desde el televisor se escucha el rebote del teléfono debido a los propios problemas de la transmisión, es comprensible que quien no está familiarizado con ese mundo no entienda lo que está pasando. Pero no entender no lo hace un tonto. Es simplemente alguien que no entiende. Maruja, por lo que parece es una persona mayor. Está claro que no tiene capacidades para metabolizar cuestiones tecnológicas, pero seguramente tiene otros saberes, porque ha vivido.
Habría que pensar aquí qué tipo de educación estamos haciendo que termina alentando este modo de discriminación entre quienes tienen facilidad para relacionarse con la tecnología y quienes no la tienen, como si el saber tecnológico tuviera un valor de privilegio por sobre los otros. No se trata de un tema menor si pensamos que el dispositivo donde se lo sube (ya enjuiciado), entre otras cosas puede distribuir en pocos minutos el incidente de Maruja a lo largo y a lo ancho del mundo, sin que ella preste consentimiento ni se entere.
Aquí tenemos un buen ejemplo de cómo funciona el Tercer Entorno (3E) del que habla Javier Echevería. La información fluye de un punto a otro. No importa si al llamar a un programa de televisión o postear algo en el Twitter lo pensamos o no. Tampoco importa si tuvimos la intención de que nuestro mensaje quedara en un ámbito acotado. La conectividad plantea reglas de juego salvajes: todo lo que se sube al flujo de información puede ser tomado y usado a juicio de quien lo toma. ¿El sistema educativo está pensando en eso?